Anna Adell

Anna Adell


EN

Joan Saló, pulse and thought 

Throughout the decades, abstract painting has been sheltering in utopian speeches or skeptical mood. If Kandinsky opened a spiritual vision of abstract poetry and plastic, Mondrian geometry summarized the cosmic order, artists linked to minimalism trivialized such principles advocating a tautological claim of reducing it to support the paint and pigment. Both trends, the romantic and formal, were losing their orthodoxy and enriching each other.

Between these two poles, between the search for a transcendental experience and formal exaltation, between the momentum in emotional expression and hiding personal imprint on the painting process, the nuances are infinite. The wake of this traditional dilemma permeates the work of Joan Saló, whose sensory conceptual ambiguity and ambivalence makes it unique.

Repetitive strokes subtle linear patterns or reticular build frames that recall the prints textile yarn, but also scrambled channels of video, a digital tapestries and even electroencephalographic meters. Looking at these paintings they converge dual impressions of precision and lyricism, textured warmth and cold calculation, the result of artisanal procedure that achieves a highly accurate result.

The pulse of the artist materializes on the canvas as calligraphic transcription purely mental, free even of linguistic codes. The work happens by harmonic assembly hand and thought.

Saló defies the classic oppositions between drawing and color, between gesture and color field, while facilitates the meeting between Eastern and Western mystical traditions. Is the viewer who will either interpretive trail from her contemplative experience.

ES

Joan Saló, pulso y pensamiento

A lo largo de las décadas la abstracción pictórica se ha ido amparando en discursos de talante utópico o escéptico. Si Kandinsky inauguró una visión espiritual de la lírica abstracta y para Mondrian la geometría plástica sintetizaba el orden cósmico, artistas vinculados al minimalismo trivializaron tales postulados abogando por una reivindicación tautológica de la pintura reduciéndola a soporte y pigmento. Ambas tendencias, la romántica y la formalista, fueron perdiendo su ortodoxia y enriqueciéndose mutuamente.

Pues entre estos dos polos, entre la búsqueda de una experiencia trascendental y la exaltación formal, entre el ímpetu en la expresión emocional y la ocultación de la impronta personal en el proceso pictórico, los matices son infinitos. La estela de este dilema tradicional impregna la obra de Joan Saló, cuya ambigüedad sensorial y ambivalencia conceptual la hace singular.

Sutiles trazos repetitivos construyen patrones lineales o tramas reticulares que nos remiten al hilado de las estampaciones textiles, pero también a canales codificados de video, a tapices digitales e incluso a medidores electroencefalográficos. Observando estas pinturas confluyen impresiones duales, de rigor y lirismo, de calidez texturada y frío cálculo, fruto del procedimiento artesanal que logra un resultado de gran precisión.

El pulso del artista se concretiza sobre el lienzo como transcripción caligráfica puramente mental, libre aún de códigos lingüísticos. La obra acontece por el ensamblaje armónico de mano y pensamiento.

Saló desafía las oposiciones clásicas entre dibujo y color, entre gesto y campo de color, al tiempo que propicia el encuentro entre la mística oriental y las tradiciones occidentales. Es el espectador quien tomará uno u otro sendero interpretativo a partir de su experiencia contemplativa.